Odín

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Odín

Odín, Miércoles o Woden como le llamaban los germanos, comenzó su existencia como deidad menor de las tormentas de la noche que corrían furiosamente a través del cielo con una tropa de misteriosos jinetes, los fantasmas de los guerreros muertos. Wode significa furia, la liberación de las fuerzas ciegas de la naturaleza. Se decía que en las noches de tormenta el trueno de los cascos de su montura se oía retumbar por encima de las nubes.

Más tarde, cuando el dios comenzó a formarse en la mentalidad de sus pueblos, se le veía como el señor de las fuerzas brutales; no se le consideraba por sí mismo una fuerza bruta. Gobernaba estas fuerzas salvajes a través de la habilidad de la magia y alcanzaba a ver la profundidad de todas las cosas secretas. No era un guerrero pero dirigía el resultado de las batallas para sus propios fines, usando su herfjoturr o ejército de grilletes, un hechizo que producía un miedo paralizante en las filas de sus enemigos. Por esta razón, le rendían culto los guerreros. También era bueno para la medicina y sanaba a enfermos y heridos.

Era capaz de recorrer la longitud de la tierra andando con la apariencia de un polvoriento caminante con un sombrero de ala ancha, o una capucha hondamente calada para esconder la cuenca vacía de su ojo. Sacrificó su ojo obteniendo a cambio sabiduría de la fuente de Mimir y era conocido como el dios del único Ojo. Una gran capa caía de sus hombros. Dos lobos, uno a cada lado, actuaban de guardianes y emisarios suyos. Dos cuervos se le adelantaban y volvían para cuchichearle secretos al oído. Uno se llamaba Pensamiento, y el otro Memoria. Los anglosajones conocían al dios así representado como Grim el Encapuchado.

Aún más tarde en su evolución, Odín era visto como un sabio juez que dirigía los asuntos de dioses y hombres. Todo aquel que le oía quedaba vencido por su elocuencia. Estaba dotado para la poesía y tenía un bello rostro. Lucía un ‘relu- ciente peto y un casco dorado, y llevaba una lanza forjada por los enanos, Gungnir que siempre acertaba en su blanco. El palacio del dios se llamaba Valhalla. Aquí Odín presidía a los héroes que habían muerto durante las batallas libradas en la tierra.

Sin embargo, a pesar de su carácter real y justo, Odín nunca pierde del todo sus raíces. Puede ser caprichoso a la hora de conceder su favor y abandonar brutalmente a un guerrero que previamente ha protegido. Es proclive a irracionales ataques de ira y es presa de los pecados de la carne: ninguna diosa giganta, ni mujer mortal se libra de sus requerimientos amorosos.

Fue Odín quien descubrió las runas, mientras llevaba a cabo un ritual de autosacrificio. Primero se rajó el cuerpo con la punta de su lanza y acto seguido se ató a Yggdrasill. Durante nueve días rehusó comer y beber. Finalmente fue capaz de adentrarse en las mismísimas entrañas del ser, donde vislumbró los caracteres rúnicos. Con un grito llegó hasta abajo y se apoderó de ellos. El esfuerzo fue tan enorme que la deidad se desmayó, pero atrapó las runas y ellas son su legado para el presente.

Los romanos asociaban a Odín con Mercurio por sus poderes mágicos y su gran erudición. Se le asignó el día de la semana Mercurii dies, que en el norte correspondía a Wednesday. Sin embargo, Odín es un ser complejo. Sería le- gítimo asociarlo con Marte, ya que él es el dios de Wode y señor de la batalla. Igualmente se le podría asociar con Jupiter, pues tanto Júpiter como Odín son jueces y patriarcas. Este último papel, padre del universo, es con el que Odín está más íntimamente relacionado en la última etapa de su culto. Odín padre de todos y del universo.


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